miércoles, 12 de noviembre de 2008

Perón, Cristina y el G-20, por Juan Gabriel Tokatlian, La Nación, 8/11/08

En efecto, en su retorno a la Argentina, y antes de ejercer su tercera presidencia, Perón afirmaba que, después de décadas de experiencias políticas autoritarias, discordias sociales trágicas, ciclos de regresión económica y etapas de aislamiento diplomático, era fundamental reconstruir el país. Para ello proponía ceñirse a lo que decía estaba inscripto en el frontispicio del templo de Apolo en Delfos: "todo en su medida y armoniosamente".

Al parecer, no existía tal inscripción literal, sino que Perón recreó, de modo libre, la sentencia de uno de los siete sabios de Grecia. Posiblemente su fuente de inspiración fuera el legislador y político Solón de Atenas (638-559 a.C.) quien acuñó el imperativo "nada en demasía". Este apotegma se concebía en la idea griega de la mesura, el equilibrio y la templanza como virtudes esenciales. (...)

Nuestra política exterior reclama hoy de manera urgente la vigencia de estas virtudes griegas: ponderación, sensatez y destreza. Los escenarios global, regional y local son complejos, cuando no tormentosos. La radicalidad puede ser resultado de la sinceridad, pero no es una virtud en el manejo de los asuntos internacionales. No hay nada bueno ni meritorio en un fiasco célebre: ni la sociedad ni el Estado ganan con victorias pírricas y simbólicas. La arrogancia diplomática tiene altos costos para un país. De igual manera, la subordinación política y su aparente pragmatismo son el preámbulo de grandes desventajas, fracasos y despilfarros. La Argentina ha experimentado ya con estas dos posturas; la petulancia y la sumisión y sabemos que los resultados fueron adversos.


El sistema mundial, la estructura hemisférica y el orden regional están atravesados por profundas y exacerbadas pugnas. La Argentina, en su actual situación interna y externa no está en condiciones de asumir posturas imprudentes. En todo caso debe prepararse y dotarse para la enorme envergadura de los retos que se ciernen sobre la política internacional e interamericana. El conflicto, más que la cooperación, se ha reinstalado peligrosamente en las relaciones internacionales. Por eso el discernimiento y la sofisticación son más que nunca indispensables.


(...)Primero, no puede darse el lujo de carecer de un consenso básico: no sólo es importante un acuerdo elemental, con pocas prioridades puntuales, sino que es inaplazable disponer de una gran estrategia internacional. Segundo, debe contar con diversos socios, amigos, compañeros, aliados; no es atinado desplegar estrategias de confrontación ni en la vecindad más próxima ni hacia contrapartes mucho más recursivas. Hay que detener el declive y eso se logra con otros y no contra todos. Tercero, debe incrementar, con rapidez y claridad "poder blando", es decir; credibilidad, reputación y diligencia. Sin una cancillería moderna y estimulada es muy difícil suponer que la Nación pueda afrontar los retos presentes y futuros. Cuarto, es crucial evitar el ensimismamiento y la pasividad: el aislamiento recorta el poder negociador del país y la parálisis lo hace más vulnerable. Quinto, debe concebir el multilateralismo como un medio y un fin de la praxis externa. Ello exige una diplomacia proactiva y propositiva en múltiples ámbitos y con un arsenal de ideas claras. Y sexto, debe tener la voluntad, desarrollar la capacidad y aprovechar la oportunidad para reinsertarse de modo positivo en la agenda global: la proyección de poder se materializa luego de mucho esfuerzo, decisión y flexibilidad.


Casos como el encuentro del G-20, por ejemplo, ofrecen una ocasión simbólica para ordenar la política exterior. En este sentido, no puede haber sobreactuación ni tampoco resignación. Es sobreactuación confrontar con actores mucho más dotados; sería resignación silenciar todo tipo de crítica ante lo originado en Estados Unidos. Un punto intermedio sería recurrir a una diplomacia con iniciativa, juicio y vigor. Nuestra cancillería, entre otros ámbitos gubernamentales, viene debatiendo desde hace tiempo y sin éxito el perfil externo argentino: ¿debemos privilegiar a América latina o a Sudamérica? Detrás de esa dicotomía está la incapacidad de renegociar la asimetría respecto de Brasil y definir una sociedad estratégica con este país. (...)

 

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