martes, 23 de septiembre de 2008

La Renovación Peronista de los ochenta, por Mario Casalla, Crónica, 21/9/08

    La palabra renovación no tiene mucho prestigio en la tradición política latinoamericana. Frente a otras tan estridentes como revolución, revuelta o rebelión, “renovación” suena a poco, a reformismo y hasta a un cierto conservadorismo. Sin embargo –como en tantas otras cosas- en esto el peronismo se diferencia de otras fuerzas políticas. Después de su fundación mitológica y su primera organización partidaria (en la década del ’40 del siglo recién pasado), la renovación fue lo más importante que le sucedió, cuarenta años más tarde. Esta afirmación puede resultar osada sino se la justifica. Veamos, en primer lugar no significa que al peronismo no le haya sucedido muchas otras e importantísimas cosas entre su fundación y ese movimiento interno denominado Renovación pero –visto ahora, dos décadas después- ésta resultó fundamental para su supervivencia en democracia y no pocos ven hoy mismo la necesidad de una Segunda Renovación peronista para enfrentar los desafíos del presente. Concentrémonos sin embargo en la primera.

            Curiosamente sus orígenes hay que buscarlos en una derrota. En 1983 el peronismo sufre su primera derrota electoral, evidentemente la fórmula Luder-Herminio Iglesias no era la mejor para enfrentar al binomio radical Alfonsín-Martínez (claro que es más fácil advertirlo hoy que en aquél entonces). Fue inapelablemente derrotado y como bien se sabe la primera vez es la que más duele, sobretodo para una fuerza política que venía acostumbrada a la victoria cada vez que pudo confrontar en elecciones libres. Sin embargo su reacción fue sorprendente: superó rápidamente la lógica depresión inicial y al poco tiempo lanzaba esa formidable respuesta política, ideológica y cultural que fue la Renovación Peronista. Es decir empezó a disputarle al alfonsinismo –palmo a palmo- no sólo la mayoría numérica sino que operó también sobre el imaginario cultural de los ’80, buscando “volver a enamorar” a las capas medias resistentes, tal como lo había hecho en el ’73. En gran parte lo logró, ya que empezó a ser evidente que ese peronismo renovado era apto para transitar la vida democrática que se reiniciaba en el país, alejándolo de aquellos fantasmas del pasado que (reales o no) interferían su comunicación con la sociedad.

            En esto, la figura de Antonio Cafiero fue decisiva. Si es cierto aquello de que el mejor programa político no triunfa sin un hombre carismático que lo encarne y lo represente, la generación más joven del peronismo tuvo entonces la suerte y la capacidad de dar rápidamente con ese hombre. Antonio Cafiero tenía los suficientes pergaminos políticos como para que nadie de la vieja guardia peronista pudiera objetarlo frontalmente (lo hicieron de otras maneras) y a la vez, la suficiente ductilidad intelectual como para comprender que los tiempos eran otros y que sólo un peronismo renovado podía volver a la victoria. Ese encuentro de un hombre ya histórico con una generación que pretendía ser protagonista, fue clave en aquél peronismo de los ’80.

            Lo segundo fue su capacidad para ser oposición. Lejos de lo que algunos vaticinaban, desde sus bancas legislativas aquellos jóvenes legisladores de la Renovación (más varios históricos que accedieron a ellas, incluido el mismo Antonio Cafiero que asumió como diputado nacional) hicieron una oposición fuerte pero constructiva, criticando lo que debían criticar y apoyando sin reservas cuando lo que estaba en juego era el fortalecimiento de la democracia. La presencia de Antonio Cafiero junto a Raúl Alfonsín en el balcón de la Casa Rosada -durante los acontecimientos golpistas de aquélla célebre Semana Santa- son todavía hoy un ícono de juego limpio entre gobierno y oposición.

            Sin embargo no todo eran flores en aquélla Renovación Peronista. Tanto es así que la victoria menemista de 1989 no sólo no puede considerarse su continuidad, sino que más bien hay que verla como su parálisis y rotundo cambio de orientación ideológica. El menemismo no sólo no continuó la Renovación Peronista sino que tampoco retrocedió al peronismo histórico: fue un auténtico salto hacia adelante, abandonando tanto una como otra de las variantes doctrinarias. Ni peronismo ortodoxo (a pesar de explotar con suma habilidad la iconografía peronista durante la campaña electoral contra Angeloz), pero tampoco peronismo renovado (al que tildaban despectivamente de “socialdemócrata” o de “zurdo”). Neoliberalismo liso, llano y sin anestesia. Acaso no haya habido tarde más triste para aquellos jóvenes renovadores que aquella cuando –después de haber perdido la interna frente a Menem y aceptando las reglas del juego- tuvieron que pasar por la oficinas de la Fundación Bunge y Born para entregar los planes que habían elaborado para un futuro gobierno peronista y la plataforma lista para la Justicia Electoral. Los recibieron con una sonrisa en la boca y el propio Carlos Menem -en el acto marplatense de lanzamiento de su candidatura- aclaró que su plataforma era “elástica” (sic). Alvaro Alsogaray entraba en escena, con bandera, vincha y Tula incluído.

            Es que el peronismo había incubado, en su vasto nido, el huevo de la serpiente que habría de envenenarlo. ¿Quién podría decir que Menem no era peronista y que no era un “renovador” más? Había participado de todos los congresos y reuniones de la Renovación Peronista y era además gobernador de La Rioja, una de las pocas provincias donde el peronismo triunfó en 1983. Sin duda que lo era y si pudo llegar hasta adónde llegó era precisamente porque no se trataba de un “cuerpo extraño” (aquellos frente a los cuáles Perón le recordaba a su Movimiento la necesidad de formar “anticuerpos”). Para resistir esa acción externa de “copamiento”, el peronismo estaba bien preparado. Para lo que no estaba preparado era para una enfermedad que en vida del propio Perón todavía no había sido descubierta: el “Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida”. Esa terrible falla del propio sistema inmunológico, por la cuál éste deja de reconocer las bacterias y termina con la guardia tan baja que puede morirse de un simple resfriado. Acaso por eso algunos de los mejores cuadros de aquella Renovación Peronista del ‘83 fueron integrantes del flamante gabinete menemista del ‘89. Pero el sistema inmunológico de aquel menemismo era flamante y además Bunge y Born no se confundía fácilmente. Empezaba la década del ’90, pero esa es otra cuestión de la cual todavía estamos hablando.

        

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